4 de septiembre de 2015

Humanidad

zona industrial abandonada

Humanidad

La chica deambulaba sola por el área industrial abandonada, cargando con piezas de un deslizador que había conseguido rescatar de entre la chatarra. Era pleno verano y hacía un calor abrasador, pero si la célula de energía estaba en buen estado, obtendría suficientes créditos para dejar de frecuentar ese lugar... al menos, durante un tiempo. Se trataba de un lugar peligroso, porque siempre se corría el riesgo de toparse con un grupo de carroñeros. Carroñeros como ella.

A lo lejos, divisó un vehículo que se dirigía directamente hacia ella. No tenía sentido correr, ya la habían visto y no podía competir en velocidad con ellos, así que se quedó plantada esperándoles en medio de la nada. Mantuvo su mirada fija en el vehículo. Era un todoterreno descapotado con tres tripulantes. El que se sentaba detrás iba de pie, apoyado en las barras de protección superiores. Debía ser el idiota que daba las órdenes.

El vehículo se detuvo justo ante ella y sus ocupantes sacaron sus armas y se acercaron a la chica. El conductor, un hombre calvo con lo que parecían ser unas gafas de piloto llevaba una pistola y el copiloto, un hombre rubio y muy delgado llevaba una ballesta de fibra de carbono. El tipo del asiento de atrás, un tipo corpulento de largo pelo moreno y un torso salpicado de tatuajes, sacó un vibromachete. Se trataba de un arma cara y difícil de manejar. Era mucho menos eficiente que una pistola e incluso que una ballesta, así que ella asumió que solo lo llevaba como símbolo de status.

Antes de que siquiera mediara palabra, la joven arrojó su fardo a los pies del grupo. No tenía sentido morir por algo de chatarra. Pero el tipo del machete la continuó mirando con una sonrisa lasciva en la cara. Sus secuaces se rieron cuando adivinaron la comprensión de lo que iba a suceder en el rostro de la mujer. Su botín solo era parte de lo que querían. Apenas tardaron un instante en abalanzarse sobre ella.

El tipo calvo apoyó el cañón de su arma sobre el largo pelo rojizo de la mujer y la amartilló sonoramente. Estaba claro que querían que se estuviera quietecita. Mientras tanto, el jefe empezó a rajar su ropa con el vibromachete. Pero se trataba de un arma que requería años de entrenamiento para su dominio y el hombre de los tatuajes calculó mal la fuerza. Un tajo que pretendía rajar los pantalones de la chica penetró limpiamente en su abdomen. Y se escuchó el sonido de golpear metal contra metal.

El gesto de los hombres mudó al instante a una mueca de puro terror, mientras que la chica dejó de molestarse en fingir miedo y adoptó una expresión de profunda serenidad. "Joder. Un puto mimo" dijo con incredulidad el hombre rubio y, acto seguido, soltó su ballesta y empezó a correr en dirección hacia el coche. Los androides marca Mimic habían sido desarrollados hacía más de una década para labores de infiltración y espionaje, pero se había invertido tanto esfuerzo en hacerles parecer seres sensibles, que habían acabado por desarrollar su propia conciencia. Desde entonces, fueron perseguidos y aniquilados hasta rozar el exterminio. Los pocos que quedaban se hacían pasar por humanos y habitaban en los límites de las áreas civilizadas, guardando su secreto a cualquier precio. Lora, pues ese era el nombre que había escogido la androide para sí misma, no estaba dispuesta a permitir que aquellos carroñeros la delataran.

Con una rapidez y fuerza inhumanas, saltó hacia el hombre rubio y le golpeó por la espalda sin esperar siquiera a que sus pies tocaran el suelo. El brazo de Lora atravesó limpiamente el torso el hombre, cuyo cuerpo se quedó suspendido de éste, mientras sangraba por la boca y por la herida que atravesaba su torso. Permaneció un segundo inmóvil, mirando inexpresiva a los otros dos hombres, hasta que finalmente retiró el brazo y dejó caer el cuerpo sin vida de su agresor. "Tía, no diremos nada" dijo el hombre tatuado "Déjanos ir". Para Lora hacer eso era correr un riesgo innecesario, hasta tal punto que habría sonreído con ironía ante la propuesta si todavía se viera obligada a mantener su mascarada. Los dos hombres leyeron su futuro en la gélida mirada de la androide.

Los dos carroñeros empezaron a correr en direcciones opuestas, alejándose de Lora y el vehículo que había tras ella. No era la primera vez que tenían que huir para salvar sus vidas y sabían lo que debían hacer para maximizar sus probabilidades de escapar. También sabían que la estadística jugaba en su contra. La Mimic estimó que el conductor del vehículo era el más rápido de los dos, así que fue a por él en primer lugar. Apenas tardó unos segundos en alcanzarle.

La androide se situó al lado del hombre y rápidamente golpeo en el lateral de su rodilla izquierda con el antebrazo, rompiendo los ligamentos. Cuando cayó, aplastó su garganta de un contundente pisotón. Entonces se giró y contempló la figura que se alejaba corriendo, demasiado despacio para tener alguna posibilidad. Como si el hombre hubiera percibido la mirada inerte del autómata en su nuca, se detuvo. Probablemente en realidad se había girado al oír cómo acababa con su compañero. En cualquier caso, parecía haber comprendido que no podría escapar y decidió probar suerte peleando. El carroñero había soltado su vibromachete cuando emprendió la huida, pero no estaba desarmado. De un bolsillo interior de su chaqueta sacó una pequeña pistola de plasma.

Se trataba de un arma de un solo disparo, pero capaz de disparar un proyectil en estado de plasma, capaz de destrozar cualquier cosa. Incluso un androide. El hombre lo sabía y la blandía ante sí como un clérigo blandiría una cruz para protegerse del demonio. El alcance efectivo del arma era limitado, de modo que tendría que esperar a que Lora se acercase para usarlo, lo que lo convertía en una apuesta muy arriesgada. Pero no tenía otra opción. La androide, indiferente a la angustia del hombre, empezó a acercarse a él lentamente. Él ahogó un sollozo.

"Esto no tiene porqué acabar así" gritó él con una voz desgarrada por el pánico, pero la androide continuó acercándose, atenta hasta al más leve cambio de su lenguaje corporal. Era como ver acercarse a un tiburón. Cuando estaba a pocos metros la androide se detuvo y observó fijamente a su presa. Después miró el arma. Entonces hizo algo inesperado: habló. "Dices que no tiene que acabar así. Dime, ¿qué propones?". Su voz era dulce y melodiosa y el tono no tenía nada de amenazante. El hombre dejó escapar un suspiro de alivio y rompió a llorar. Bajó levemente el brazo del arma y eso era cuanto Lora necesitaba.

En un rápido movimiento, se propulsó hacia el hombre tatuado, golpeó con una patada la mano del arma, haciéndola volar lejos de ellos. Después se situó de pie, con su rostro a escasos centímetros del de él y situó las palmas de sus manos a los lados de su cara, como si estuviera a punto de darle un beso. En lugar de eso le aplastó el cráneo. Sin perder un instante, colocó los cuerpos con cuidado en el todo terreno, recogió las armas caídas y las situó junto a sus difuntos amos. Se situó adyacente al asiento del conductor, prácticamente colgando del lateral del coche y, desde esa posición, condujo el vehículo a toda velocidad, estrellándolo contra una pared de roca. Saltó en el último momento y después se acercó al todoterreno destrozado para prenderle fuego. Era poco probable que quien pasase por allí reportara la muerte de unos carroñeros a las autoridades, pero era mejor que pareciera un accidente.

Sin más, recogió su botín y emprendió el camino de regreso a casa, sin dedicar una sola mirada a los hombres que acababa de matar. No era humana. Nunca había sido humana y no conocía la piedad o el amor. Y no le importaba. Vivía rodeada de criaturas en cuyos actos egoístas nunca había visto amor o piedad y la prueba de ello era que habían dado vida a Lora y a sus hermanos y después habían decidido aniquilarles. Paradójicamente, para mantener la ilusión de su humanidad, le había resultado mucho más inconveniente ser incapaz de sentir asco que amor o compasión. Probablemente, pensó, los propios humanos también acostumbraban a fingir éstas últimas. Y, por primera vez en su vida, Lora sonrió solo para sí misma.

12 de agosto de 2015

Perdida


calle de noche

Perdida

Llego demasiado pronto, como de costumbre. Aguardo en la portería mientras reviso el aspecto de mi pelo en el reflejo del cristal de la puerta. Cualquier cosa con tal de distraerme del nerviosismo que me atenaza. Miro mi reloj de muñeca. Cinco minutos más.

Dejo vagar la mirada y contemplo la calle con la pálida luz que ofrece el alumbrado eléctrico. Esta noche hay luna nueva y apenas pueden verse estrellas en el cielo. Tampoco puede decirse que haya mucha gente en la calle, de manera que dirijo mi atención a los árboles que pueblan la acera, mecidos por la brisa y también a los montoncitos de hojas que arrastra el viento. Siento un escalofrío. Es hora de picar al interfono.

Tras pulsar el botón, una voz dulce de mujer me contesta y mi corazón se desboca. Si los minutos que me contuve para evitar llegar demasiado pronto se me hicieron largos, los instantes que preceden a su aparición se me hacen eternos. Le doy la espalda a la puerta, para intentar serenarme y que ella no pueda leer el nerviosismo en mi rostro. Entonces oigo la puerta abrirse y me giro con una sonrisa. Es impresionante.

Su cabello de azabache y su tez de alabastro cincelan un rostro perfecto, sus ojos del color de la miel son aun más dulces que ésta y el traje negro con que ha elegido engalanarse moldea su figura de un modo etéreo. Casi diría que flota a mi lado camino hacia el restaurante. Su voz despierta en mi mente ecos de pasión y de dicha, su conversación es amena y su risa sincera. Tanto me maravilla que su mera presencia distorsiona mis sentidos y antes de que me dé cuenta estamos sentados en una mesa del restaurante, leyendo la carta. Y es que no soy siquiera capaz de decir dónde estoy si no aparto antes mi mirada de ella.

Pedimos, hablamos, comemos, bebemos, reímos y disfrutamos en esta fantástica velada. Entonces, antes de abandonar el restaurante y dar rienda suelta a la pasión, sacamos el móvil. Conectamos ambos dispositivos entre sí e iniciamos la aplicación. Veo la decepción en su rostro. Se levanta y se va, dejándome a solas con mis pensamientos.

Pensé que iba a ser una gran noche, incluso me permití forjar esperanzas. Ella me gustaba de verdad. Por desgracia, nuestros móviles han determinado que somos incompatibles.

4 de agosto de 2015

Curación

jungla


Curación

La chamán caminaba por la jungla amazónica en uno de sus frecuentes retiros espirituales. Estaba cansada y su ánimo era sombrío, ya que había tenido pesadillas durante toda la noche y temía que los espíritus le estuvieran advirtiendo que algo terrible iba a ocurrir y que ella debería intervenir. De otro modo, los espíritus no se habrían molestado en advertirle. Consumió una pasta a base de ayahuasca, que ella mismo había preparado, se sentó en mitad de la jungla y empezó a recitar su canción de poder, buscando algo de iluminación. No tuvo que esperar mucho tiempo.

Los gritos le sacaron rápidamente de su trance. Para su sorpresa, procedían del mundo material. A poca distancia de allí una persona estaba siendo atacada. Un puma. La mujer no llevaba armas, pero sí un largo cayado con que se ayudaba a caminar, así que lo cogió presuroso y corrió hacia los gritos. A pesar de que era ya una mujer madura y sus piernas habían visto días mejores, sabía cómo moverse por la jungla. Su larga melena blanca ondeó al ritmo de su carrera, sorteando cada elemento del laberinto vegetal que la envolvía. Ni una rama osó tocarla. En menos de un minuto, llegó al lugar del ataque. No se trataba de un felino, como había temido, sino de otro tipo de depredador.

Dos hombres blancos habían sorprendido sola a una mujer guaraní en la jungla, la habían reducido y le estaban arrancando la ropa a jirones. Como el puma, buscaban su carne. La chamán quedó conmocionada, llegaba preparada para enfrentarse a garras y colmillos, tal vez a la misma muerte... pero no a la maldad humana. Se acercó a ellos y les arengó en su idioma. Los hombres se miraron. No la entendían. Mientras tanto, la pobre chica pedía ayuda. La chamán agarró del brazo a uno de los hombres y lo apartó de ella, para después encararse al otro. Tan pronto como dio la espalda al primero, éste la golpeó en la cabeza con una linterna. Y se hizo la oscuridad.

Despertó con la luz de la tarde y lo primero que oyó fue el llanto quedo de la chica, que estaba arrodillada sobre ella, limpiando la herida que le había dejado la linterna. Su cabello blanco, estaba ahora recubierto de un viscoso granate, sus arrugas eran más profundas y sus ojos más negros. Abrazó a la muchacha, que había sangrado más que ella y la acompañó a la aldea. Allí preparó lo necesario para sanarla. Reunió a su familia, elaboró un ritual, preparó una pócima y la envió a descansar. Ella también hubiera querido dormir, pero no podía permitírselo. Tenía una misión que cumplir.

Desoyó el clamor de venganza de la familia, tranquilizó los ánimos y dejó claro a la tribu que nadie haría nada esa noche. Nadie saldría siquiera de su cabaña. Entonces entró en su propia morada y se preparó para un extenuante ritual. Debía ponerse en contacto con los espíritus de todas las criaturas de la jungla. Debía hablar con el río y con los árboles, con el viento y con la Luna y las estrellas. Los espíritus le debían muchos favores y esa noche iba a reclamarlos, de manera que cada animal, cada brote, cada piedra y cada gota de agua diera caza a aquellos hombres. No tenía elección. Debía curar a la jungla del mal que la aquejaba.

28 de julio de 2015

Remanente


vagabundo




Remanente


El grupo abandonó abarrotado bar para ir en busca de más diversión vespertina. Cuatro jóvenes, dos chicas y dos chicos, que caminaban por las calles de la ciudad entre chanzas y bravatas, tan ajenos al mundo como solo puede serlo un grupo de adolescentes mientras se divierte. Estaba claro por su desinhibición que habían bebido y, por el volumen de su conversación, que lo habían hecho en un local con la música muy alta. Tanto reían y gritaban que apenas percibieron la figura que se les acercaba en la oscuridad de la noche.

Apareció ante ellos como un espectro, su rostro demacrado y endurecido, sus ojos muy abiertos y el gesto amenazador. Cubierto por harapos y apestando a cerveza, el hombre se plantó ante ellos y sostuvo su mirada. Semejante visión hubiera sido capaz de amedrentar a cualquiera, pero aquellos jóvenes estaban envalentonados por el alcohol y se le encararon. No vieron su constitución fornida. No vieron las cicatrices que surcaban su cuerpo. Tampoco vieron en sus ojos la fría amargura de quién ha visto apagarse muchas vidas ante su mirada.

El hombre entrecerró los ojos, de manera que lograba parecer sereno en su embriaguez. Antes de que pudiera responder, uno de los chicos se agarró el brazo izquierdo con fuerza y se desplomó. Sus tres amigos  tardaron varios segundos en reaccionar, incapaces de comprender qué había sucedido. Entonces empezaron a gritar pidiendo ayuda, a rezar y a llorar. La mirada del vagabundo perdió entonces su opacidad, se quitó la gabardina dejando a la visto unos brazos cubiertos de tatuajes e inició una reanimación cardiovascular. El hombre, cuyo rostro parecía el del hombre que fuera años atrás, empezó a gritar órdenes a los jóvenes para salvar la vida del chico.

Él se había dedicado a salvar vidas hacía mucho, tanto tiempo que parecía una eternidad. Lo había hecho hasta que empezó a ordenársele actuar contra sus vecinos en lugar de velar por ellos. Entonces dejó de ser un bombero, pero los tatuajes que se hiciera junto a sus compañeros todavía estaban estampados en tinta en su piel y también grabados a fuego en su alma.

21 de julio de 2015

Una docena de rasgos que todo villano que se precie debería tener


Hoy, en lugar de publicar un relato, como de costumbre, quisiera compartir con vosotros un artículo que escribí para la web Una docena de y que versa sobre los atributos que todo malvado debe poseer. Espero que lo disfrutéis :-)

Podéis encontrar el original en:

http://unadocenade.com/una-docena-de-rasgos-que-todo-villano-que-se-precie-deberia-tener/


Darth Vader

Una docena de rasgos que todo villano que se precie debería tener


Lo confieso, me gusta escribir. A menudo sufro de esa acuciante necesidad que acude sin avisar, en ocasiones en los peores momentos y me hace dejar lo que esté haciendo para ponerme en el ordenador a darle al teclado. Hoy mismo, he sufrido uno de esos arrebatos y, tras salir precipitadamente de la ducha y esquivar al perro (con gran agilidad, he de añadir) me he posicionado en mi escritorio, pensando en escribir una historia en que un héroe se enfrentaba a su implacable némesis. Entonces me ha pasado por la cabeza ¿Qué diferencia a un malote de andar por casa de un verdadero malo maloso?

Sea para escribir un relato o un guión de cine, sea para idear un cuento que contarle a nuestros hijos por la noche, sea para identificar la más pura malignidad nada más vislumbrarla en la pantalla del cine o sea para lo que sea, esta es mi lista de rasgos que todo némesis que se precie debería tener.

1. Estilo propio y, a ser posible, una buena dosis de elegancia

El antagonista debe ser fácilmente reconocible y tener cierto accesorios que faciliten sugerir su presencia sin explicitarla. Así, el sombrero y jersey de Freddy Krueger, la túnica blanca y la vara de Saruman o la armadura de huesos de Casaca de matraca, permiten esa fácil identificación del personaje y constituyen la piedra angular sobre la que comenzar a construir su leyenda.

Si además dotamos al personaje de una refinada elegancia, quedará patente que nos encontramos ante un villano de categoría superior, capaz de poner al héroe en serios problemas. En este sentido, la impresionante indumentaria negra de Darth Vader, la decadente y grotesca elegancia del pingüino o los finos ropajes de Jafar, denotan su rango y poder.

2. Esbirros

¿Qué sería Lord Voldemort sin sus leales mortífagos? ¿Y Alex DeLarge sin sus drugos en La naranja mecánica? ¿Sauron sin sus orcos? ¡Por favor! ¡Hasta Gru tiene a sus minions! Está claro. Todo malo maloso que se precie tiene esbirros. Eso de hacer el trabajo sucio tiene muy poco glamour y además es malo para el cutis.

Los esbirros se encargan de todas esas labores logísticas, necesarias para el desempeño del mal, pero que despojarían al malo maloso de su halo de misterio y horror, al colocarlo en el ámbito de lo mundano.

3. Una buena guarida

Si vas a hacer algo, mejor hacerlo bien. Nada da más canguelo que adentrarse en la guarida del malo maloso, especialmente si está plagada de esbirros (que además de la defensa, se encargan del mantenimiento y la limpieza, si no estaría todo hecho un asco…). Si queremos comprobarlo, no tenemos más que pensar en las escenas que relatan la estancia de Jonathan Harker en el castillo de Drácula. Y es que la guarida del vampiro (especialmente en la peli de Coppola) da miedo hasta de día.

Es interesante comentar que, a pesar de que la guarida refleja en gran medida la personalidad del villano, no tiene porqué haber sido construida por o para él. Así, las ruinas de Erebor repletas de oro, reflejan a la perfección los principales rasgos de Smaug el terrible (codicia y sed de destrucción), a pesar de que originalmente fueran un reino enano.

4. Un toque de locura

La locura es, por definición, irracional. Si sumamos la facilidad que tiene el ser humano para temer aquello que no entiende con los terribles actos de maldad de nuestro antagonista, crearemos un personaje perturbador y terrorífico. Por supuesto, no hace falta llevarlo a tal extremo, pero como muestra solo hemos de echarle un vistazo al Joker (estoy pensando en el del Caballero oscuro, pero la verdad es que el interpretado por Jack Nicholson también me vale). Por cierto, ¿alguien dijo Nicholson? Creo que su interpretación de la locura de Jack Torrance es de obligada mención en este punto.

Incluso un leve destello de locura, como el sadismo de William Hamleigh en Los pilares de la tierra, Ramsay Bolton en Juego de Tronos o el capitán Vidal en El laberinto del fauno (por poner un ejemplo español), son suficiente para poner los pelos de punta a cualquiera. Y es que si solo un paso separa la genialidad de la locura, se espera que todo genio del mal esté algo loco.

5. Una noble causa

No podemos negar que tiene cierto encanto que el villano sea el último abanderado de una noble causa perdida. Un cierto componente de nobleza proporciona al antagonista esa complejidad necesaria para crear un personaje profundo. Ahora, la retorcida interpretación de una causa medianamente justa también vale, no nos pongamos exquisitos. Así, del mismo modo que el compromiso con la causa mutante de Magneto en la saga X-Men es un buen ejemplo, la búsqueda de la perfección de Grenouille en El perfume también podría serlo.
Importante aclarar que la noble causa a la que se alude hace referencia a la interpretación del lector o espectador, ya que la mayoría de personajes malvados no se ven a sí mismos como tales. Todos creen tener razones de peso para actuar como lo hacen.

6. Rencor

Bueno, igual el rencor no es tan loable como una causa noble, pero oye, también dota de un aire trágico y despierta la simpatía del lector. Desde el príncipe Hamlet de la obra homónima, hasta Khan Noonien Singh de Star Trek, pasando por el Mulo de la saga Fundación, la venganza siempre se ha considerado una motivación aceptable tanto para héroes como para villanos.

Llevándolo un paso más allá, nada es tan conmovedoramente trágico como que el malo maloso lo haya perdido todo de un modo injusto y horrible, de modo que solo le quede en su interior horror que aportar al mundo. Creo que el ejemplo más claro en este sentido es el diabólico barbero Sweeney Todd.

7. Una mirada inolvidable

A menudo los ojos se consideran la puerta a nuestra alma, la parte más expresiva de nuestro rostro, de modo que la mirada de un personaje digno de considerarse un malo maloso no puede dejarnos indiferentes.

Cada cual tiene su estilo y podemos hablar de una mirada inhumana y aterradora como la de Hannibal Lecter en El silencio de los corderos, de una mirada seductora y terrible como la de Milady de Winter en Los tres mosqueteros o incluso de una mirada tierna, como la de la vampiresa Eli en Déjame entrar.

8. Perversión

Todo lo que hemos dicho hasta ahora está muy bien, pero lo cierto es que podría utilizarse tanto para describir a un héroe como un villano. La sutil diferencia (a veces no tan sutil…) es la perversión. La perversión es lo que hace que nos posicionemos de parte del héroe y no del villano.

Por perversión entendemos (por supuesto) ese brutal sadismo emparentado con la locura mencionado un poco más arriba, pero también otras muestras de vileza. La más pura y decadente depravación, como aquella de que hace gala el barón Vladimir Harkonnen en Dune es el ejemplo más claro que se me ocurre. Otros ejemplos serían la envidia de John Doe en Seven (por no hablar de su modus operandi o su distorsionada visión del mundo) o el fanatismo perturbado de Silas en El código Da Vinci.

De todos los rasgos de esta lista, probablemente la perversión sea la que adopte más variadas formas, así como la más importante para crear un antagonista con fundamento. Como decía Nietzsche, “No hay bestia sin crueldad”.

9. Un arma definitiva

Bueno, tenemos ya muchos de los elementos que pueden ayudarnos a crear un malo maloso inolvidable, pero nos falta uno fundamental: su arma.
Por supuesto, puede tratarse de un arma en el sentido tradicional, como el príncipe Yyrkoon con su espada Mournblade en Elric de Melniboné, pero no tenemos porqué limitarnos a ello. La belleza y habilidades para la seducción y la manipulación de Catherine Tramell en Instinto básico, por ejemplo, la convierten en un adversario igualmente temible. Incluso el propio personaje puede ser el arma, como ocurre en The Relic.

10. Una profecía

Nada viste más que ser mencionado en una profecía. Y si la profecía habla acerca de la única manera de derrotarte, mejor. Puede tratarse de una profecía oscura y enrevesada como la que habla sobre la caída de Macbeth o retornar el equilibrio a la fuerza en el caso de Darth Vader (lo que implica acabar consigo mismo), pero también puede ser algo más clara, como la relativa a la Bruja Blanca en La bruja, el león y el armario o la reina Bavmorda de Willow.

En cualquier caso, lo importante es ser considerado un mal lo suficientemente temible como para que alguien se moleste en hacer una profecía sobre el fin de tus días.

11. Arrogancia y vanidad

A ver, hemos quedado en que el malo definitivo tiene esbirros, un cuartel general, férreas motivaciones y el punto de impredictibilidad que concede la locura… ¡Ah! Y también un arma definitiva. Por el amor de Dios, ¿cómo puede creer el héroe que tiene la más mínima posibilidad de derrotarle? Pues porque tiene un punto débil: su orgullo.

Como sugería él mismo bajo la forma de Al Pacino, la vanidad es el pecado favorito del diablo. La vanidad abre la puerta al resto de maldades que puedan cometer los hombres, ya que les hace creerse moralmente superiores al resto. También hace que subestimen a todos cuantos les rodean. Esa arrogancia fue lo que le costó la vida a Adela de Otero en El maestro de esgrima y al rey brujo de Angmar en El señor de los anillos, del mismo modo que selló el destino de Cersei Lannister en Danza de Dragones.

12. Risa maléfica

Por último, probablemente no sea necesario que un malo maloso se ría jamás, pero si lo hace debe hacerlo del modo adecuado. La risa de un malo maloso es inquietante, perturbadora o terrorífica, pero jamás alberga ni el más mero ápice de felicidad. Los malos no son felices. Por eso son malos.
En resumidas cuentas, muchos son los atributos que nos permiten diferenciar a un malo maloso, un verdadero némesis, de un vulgar antagonista. Probablemente no sea necesario que un mismo villano tenga todos los rasgos citados en esta lista, pero desde luego haría bien en contar al menos con seis o siete de ellos, si es que quiere que se le trate con un mínimo de respeto.

De otro modo correría el riesgo de ser confundido con un malo de segunda.

Imagen cortesía de Tom Simpson, con licencia Creative Commons.

14 de julio de 2015

Por un puñado de dólares

cueva

Por un puñado de dólares

Aparcamos lejos del lugar y nos acercamos caminando. A nuestro paso, veíamos las sombras de los escasos árboles y rocas solitarias alargarse en la yerma tundra. La noche estaba cerca. Apresuramos el paso inconscientemente e intercambiamos una mirada silenciosa. Podía leer en los claros y expresivos ojos de mi joven compañera como si fueran un libro abierto ante mí. En ellos podía ver excitación y entusiasmo, pero también miedo. Era de esperar.

Llegamos cuando el Sol, que había mudado su tono amarillento por un naranja rojizo, amenazaba ya con ocultarse en el horizonte. A un par de Kilómetros podíamos ver la montaña y la entrada a la gruta. Ése era el lugar. Buscamos un lugar en el que pudiéramos ocultarnos, nos quitamos las mochilas y nos dispusimos a esperar. Mi ayudante contempló su primer anochecer en este oficio, mientras que yo hacía años que había perdido ya la cuenta.

El manto oscuro de la noche cubrió la tundra y la luna llena se alzó regia en el cielo, acompañada de séquito de estrellas. A pesar del frío y de la incomodidad de nuestro escondite, era difícil no disfrutar del magnífico espectáculo que nos ofrecía la naturaleza. Cuando uno pasa su vida en una ciudad olvida lo impresionante que puede llegar a ser la noche en mitad de la nada. Acostumbrados a la luz artificial, también tendemos a olvidar que incluso la noche más luminosa es ciertamente oscura.

Un movimiento me sacó de mis pensamientos. Nuestra presa salió de la cueva como una sombra que se deslizase entre las grietas de la roca, desde las profundidades insondables del abismo. Salía a cazar una noche más. Había observado en solitario sus idas y venidas durante toda la semana, de manera que sabía que tardaría más de tres horas en volver. Teníamos que aprovechar ese tiempo para familiarizarnos con el terreno, de manera que esperamos unos minutos desde su salida y nos dispusimos a explorar su guarida.

Nos acercamos cautelosos, sacamos las linternas de la mochila y las encendimos. Lo primero que hice fue enfocar el suelo y asentí satisfecho al comprobar que parecía firme y liso. Una mera torcedura de tobillo podía ser letal en este trabajo. Pero la sonrisa me duró poco, porque nada más entrar el fétido aire del interior nos golpeó con fuerza. Yo contuve una arcada y me puse mi pañuelo sobre la nariz y la boca. La chica estuvo a punto de vomitar, pero tras salir un instante a la frescura de la noche logró serenarse, se colocó el pañuelo y volvió dentro. Si hubiera vomitado habríamos tenido que abortar la cacería.

La cueva era pequeña y, tras avanzar unos pocos metros fue evidente la fuente del hedor. Nuestra presa había acumulado una gran cantidad de cadáveres al final de la cueva, los restos de sus festines nocturnos. Había algunos animales, pero la mayor parte de los despojos eran humanos. Mi ayudante encontró un montón de objetos apilados, sin duda trofeos obtenidos de las víctimas que yacían a pocos metros. Había desde carteras y relojes a jirones de ropa cubiertos de sangre. Abrió una cartera con asombro para mostrarme que estaba repleta de dinero. Sonreí. Ella aun no lo entendía, pero estaba a punto de descubrirlo: aquello no era humano. El dinero no tenía ningún valor para él.

Explorada la gruta, regresamos a nuestro escondite y nos dispusimos a esperar. Tardó cuatro horas en volver. Arrastraba con su brazo derecho a un hombre que gritaba y se debatía intentando liberarse.  A pesar de que era un tipo corpulento lo arrastraba con gran facilidad, sin duda recreándose en su sufrimiento. No podíamos hacer nada. Solo esperar. Tardó poco menos de una hora en dejar de gritar, pero los ecos que su voz originó en nuestras mentes nos acompañarían el resto de nuestros días. Después de eso, el silencio se tornó opresivo e intimidante, pero ninguno de los dos nos atrevimos a romperlo, de modo que aguardamos al alba sin emitir un solo sonido.

Como cada mañana, finalmente la luz se impuso a la oscuridad y el Sol nos bañó con sus cálidos y reconfortantes rayos. Nuestra presa era nocturna y estaba ahíta, de modo que debíamos aprovechar las horas diurnas para atacar durante su letargo. Preparamos el equipo con calma, para darle tiempo a sumirse en un plácido sopor y nos dirigimos de nuevo a su guarida. Para esta ocasión escogí un lanzallamas portátil, del tamaño de una pistola grande y capaz de disparar una única descarga de napalm, mi fiel machete bañado en plata y una escopeta cargada con balas sólidas. La chica escogió un fusil, otro machete argénteo y un par de granadas. La miré a los ojos. Si usaba las granadas dentro de la cueva probablemente no saldríamos vivos. Estuve a punto de censurarla, pero cuando me devolvió la mirada vi que ella ya lo sabía. Un as en la manga. "Vale, tú misma", pensé.

Acoplamos las linternas a la escopeta y el fusil y entramos. Cuando fijaba la luz al arma, me quedé mirando la cruz grabada en el cañón del arma y no pude evitar sonreír. Era irónico que todas nuestras armas llevaran el símbolo de Cristo grabado, aunque probablemente no era del todo inapropiado. La novata chasqueó la lengua, irritada por mi parsimonia. Sonreí de nuevo y entré en la cueva, mientras le hacía un gesto con  la mano para que me siguiera de cerca. Me moví despacio, midiendo cada paso, cada respiración y cada latido del corazón. Moví el arma de forma que la linterna recorriera meticulosamente cada centímetro de pared antes de seguir avanzando, mientras la chica hacía lo posible por mantener la calma. Estaba tan excitada que por un momento pensé que iba a apartarme de un empujón y tomar la iniciativa. Ojalá lo hubiera hecho.

Oí un ruido a mi espalda y vi por el rabillo del ojo como una sombra descendía a gran velocidad desde una grieta del techo. Me giré justo a tiempo para ver como la criatura se abalanzaba sobre ella. Tenía la apariencia de un hombre alto y delgado, pero carente de toda vida. Solo había algunos girones de pelo blanco en su cabeza, sus orejas acababan en punta y tenía dos grandes colmillos que atravesaron la carne de mi ayudante como un cuchillo caliente la mantequilla. Ella gritó y forcejeó, pero él la sujetó por los brazos con una fuerza sobrehumana mientras le arrancaba lenta y dolorosamente hasta la última gota de vida de su interior. Y mientras, con el rostro inexpresivo, se me quedó mirando a los ojos. Los ojos del vampiro eran un pozo de negrura que me contemplaba,  mostrándome el infinito vacío que albergaba su alma. No podía apartar la mirada, preso del horror. Entonces una voz celestial acudió en mi salvación, rebelándome qué debía hacer: "¡Fríelo, joder" dijo mi ayudante con su último aliento.

Apunté el lanzallamas contra el monstruo y descargué el infierno sobre él. Aulló, saltó y se retorció, pero nada podía hacer para escapar de las llamas purificadoras. Mientras, me arrodillé ante el cuerpo en llamas de la chica, que mostraba en su rostro la paz que solo conocen los que ya han abandonado este mundo. ¿Cómo había podido ocurrir? La bestia debía estar dormida. Siempre ocurría de ese modo ¿Qué...? Entonces, vi como al lado de su cuerpo, ardía un pequeño objeto de piel, que debía de habérsele caído al vampiro. Era la cartera que le mostrara la joven. Estaba vacía. Le había dicho que el dinero no significaba nada para los vampiros y ella lo había cogido. Una vida perdida por no medir las palabras. Pero ya nada podía hacer, nuestra cruzada no dejaba de ser una guerra y en toda guerra hay muertes en ambos bandos.

Miré alrededor y vi el cuerpo ya inmóvil del vampiro ardiendo fuera de la cueva, pero también que los cadáveres y los trofeos acumulados habían empezado a arder. Salvé lo que pude del equipo y, con los ojos llorosos, salí de entre las llamas y el humo para seguir enfrentándome a nuestro enemigo.

3 de julio de 2015

Dulzura

Bombones
Dulzura

Salió de la oficina tarde, como venía siendo costumbre y declinó amablemente la invitación de sus compañeros a tomar una copa rápida antes de ir a casa. Sabía muy bien que nunca era una copa y que podían pasar horas antes de que sus compañeros emprendieran el camino de vuelta a sus hogares. No podía comprenderles. Él, como cada día, estaba deseoso de llegar a casa para poder estar con su mujer. Hacía años que ella había llegado a su vida y a su casa, pero aun le pesaba estar siquiera unas horas alejado de su lado. Sonrío para sí. Hoy le llevaría un regalo.

Se dirigió a una pastelería artesana de cierta reputación y que vendía unos bombones deliciosos. Miró el reloj. Estaban a punto de cerrar, así que aceleró el paso mientras su mente divagaba sobre lo irónico de su regalo. A su mujer le encantaba que le comprara bombones, podía verlo en su cara cada vez que aparecía con ellos por la puerta, pero siempre acababa comiéndoselos él si no quería que se echaran a perder. Así eran las mujeres, reflexionó, lo que más les importaba era saber que sus maridos pensaban en ellas.

Llegó al local justo a tiempo y, con una mirada de disculpa a la dependienta, que ya recogía para cerrar, le pidió una caja de bombones envuelta para regalo. La mujer sonrió. Ya le conocía y sabía que aproximadamente una vez al mes le compraba bombones a su mujer. Siempre llegaba cuando estaban a punto de cerrar, pero como siempre era amable a la mujer no le importaba. Además era agradable ver como se le iluminaba el rostro y la voz se le colmaba de ternura al hablar de su pareja. Era indudable que la amaba.

Llegó a su casa y abrió la puerta. Encontró a su amada en el sofá, frente a la televisión, donde la había dejado por la mañana. Ni siquiera volvió la cabeza para mirarle. A él no le importó, porque sabía que ella era así. Caminó hasta interponerse entre ella y la televisión, le mostró los bombones y le dio un beso. Ella no reaccionó, ni mudó su gesto, pero él sabía que estaba encantada. ¿Cómo no iba a estarlo, si los había comprado para ella? ¿Cómo no iba a ser feliz, si él la amaba como nunca había amado?

Entonces vio que el rostro de ella se iluminaba y que era dichosa por tenerle a su lado. Pocas personas eran capaces de leer en la expresión de una muñeca a escala real; pero él si podía, porque la quería con toda su alma.

28 de junio de 2015

El encuentro



montaña nevada


El encuentro

Hambriento y cansado, caminaba con paso lento pero decidido por el terreno traicionero y gélido. A lo lejos, en la distancia, sus ojos a duras penas podían divisar el templo ubicado en la escarpada ladera de la montaña. Cerró los ojos y aspiró el puro y frío aire del Himalaya. No necesitaba ver el templo para saber donde estaba; podía sentir la paz que emanaba de él incluso sumido en la soledad de la montaña. A pesar de ello, cuando volvió a abrir los ojos se sintió reconfortado al intuir los colores blanco, dorado y rojo del edificio. Volvió a emprender el largo camino.
 
En aquella época del año el suelo estaba recubierto de una blanca capa de nieve, en la que apenas se intuían las huellas de algunos animales. Pocos se aventuraban por aquellos parajes en invierno. Menos aun lo hacían solos. Pero él era diferente, sus pies desnudos apenas sentían el gélido contacto de la nieve y su torso descubierto desafiaba al viento del norte. Él había aprendido a sobrevivir al frío, él estaba hecho para el invierno.
 
Como si despertara de un dulce sueño, oyó un murmullo al que no estaba acostumbrado. No era bestia alguna, ni arroyo, ni tampoco el arrullo del viento. Se acercó cauteloso, incitado por la más genuina curiosidad. Era indudable que en un solo día sus ojos absorbían más belleza del entorno de la que muchos contemplan en toda su vida, pero no se podía decir que su existencia estuviera plagada de novedades.
 
Era un grupo de hombres. Hombres extraños que hablaban en una lengua extranjera. En toda su vida, él solo había conocido a sus hermanos budistas y lo que vio incrementó su curiosidad. Los observó en la distancia, oculto entre unos árboles, pues no deseaba molestarles. Llevaban gruesos abrigos de exóticos materiales y vivos colores. Algunos vestían colores parecidos a los de los monjes, en tonos rojos y anaranjados, pero otros vestían tonos azules o incluso multicolor. Su pelo no estaba afeitado y algunos incluso lucían una larga barba. Pero lo que más llamó su atención es que eran muy ruidosos.
 
De repente uno de ellos le vio y, tras señalarle, dijo una palabra en su idioma. El resto reaccionó rápidamente, cogió sus herramientas y se dirigieron a su encuentro. Él salió de entre la vegetación, con las manos alzadas, avergonzado de haberles estado espiando y algo excitado ante la idea de entablar contacto con ellos. El primer contacto tomó la forma de un disparo de rifle en las entrañas.
 
Él sintió un terrible dolor, notó como le ardía el abdomen y vio la nieve teñida de sangre. En dos zancadas llegó al hombre que le había disparado, lo alzó sobre su cabeza y lo arrojó más de veinte metros hacia adelante. El ruido que hizo su cuello al romperse contra un árbol fue terrible. El resto siguieron disparándole y repitiendo aquella horrible palabra. Él se sumió en el dolor y la rabia, su visión se volvió roja y se  abandonó al más primario de los instintos. En apenas unos segundos estaba de rodillas en la nieve, rodeado de los cadáveres de aquellos hombres.
 
Se puso en pie con dificultad y miró de nuevo al monasterio en la lejanía. No pudo evitar romper a llorar. ¿Cómo iba a explicar a sus hermanos lo que había hecho? ¿Podrían perdonarle? ¿Podría perdonarse a sí mismo? Solo había una manera de responder a aquellas preguntas, de modo que, con paso renqueante y débil, emprendió de nuevo el camino al templo. Probablemente moriría antes de llegar, pero eso no le importaba, su destino ya no estaba en sus manos. Él haría lo que debía hacer.
 
Para su sorpresa, en el largo camino, más que el terrible dolor de sus heridas, más que el hambre y el frío, una sola cosa le atormentaba. La terrible palabra que pronunciaran aquellos hombres mientras trataban de acabar con su vida: "Yeti"



22 de junio de 2015

Ojos de Gato

gato sobre cómoda


Ojos de Gato

Pasaba ya de la medianoche y la mujer continuaba tendida en el sofá del salón viendo la televisión. Las luces estaban apagadas, las ventanas abiertas y el ventilador oscilaba quedamente proporcionando una tenue brisa, pero aun así el verano se hacía notar. El hecho de que el gato permaneciera acurrucado sobre su regazo tampoco ayudaba a la mujer a permanecer fresca, precisamente.

Cambió una vez más de canal, repasando toda la programación vespertina con los ojos entreabiertos. Se caía de sueño. Pero al día siguiente tenía que ir a trabajar después de una semana de vacaciones y no quería que sus días libres terminaran tan pronto. Una vez se fuera a dormir ya sería otra vez lunes... Aguantó unos minutos más, aunque desde luego no fue porque le gustara lo que veía porque, a esas horas, lo más interesante que ponían en televisión eran los programas de teletienda. Finalmente empezó a moverse y el gato emitió un maullido indignado. La mujer sonrió y le acarició entre las orejas.

Ella se levantó, apagó el ventilador y la televisión. El piso quedó únicamente iluminado con la claridad proveniente de las farolas de la calle y la mujer empezó a dirigirse con paso renqueante a su habitación. Estar durante horas en una misma postura para que tu gato esté cómodo tenía esas cosas. Entonces se giró hacia el sofá. El gato seguía allí. Normalmente, en cuanto ella se iba a la cama el gato la seguía. Normalmente a partir de las once el gato ya la estaba esperando ante el umbral de la puerta, maullando para recordarle que era hora de dormir. Pero esa noche no.

Lo llamó, le ofreció comida, incluso lo cogió para entrar con él en la habitación. El gato no acudió y, en cuanto se percató de que intentaba llevarlo a la habitación, el animal saltó bruscamente de sus brazos y volvió al sofá. Ella se lo quedó mirando, desconcertada y el gato maulló. ¿Por qué no quería entrar el gato a la habitación? Entonces ella se giró hacia su habitación y vio la ventana abierta de par en par y la cortina ondeando con una suave brisa invisible... ¿Qué había en la habitación?

Se armó de valor y logró situarse junto al umbral de su dormitorio para accionar el interruptor de la luz. El corazón le latía desbocado. Encendió la lámpara y recorrió toda la habitación con la mirada, ansiosa. No vio nada. Pero podía sentir que había algo. En lo más recóndito de su ser, en lo más profundo de sus entrañas, supo que había algo en la habitación esperando a que se durmiera. Algo terrible.

Se puso un calzado cómodo y la ropa que había llevado a lo largo del día y que había dejado sobre una silla del comedor. Cogió al gato, su bolso y su portátil y salió del piso en dirección a casa de su hermana. Gracias a Dios ninguna de esas cosas estaba en su habitación. Mientras conducía su coche de madrugada, pensó que al día siguiente pondría a la venta su apartamento a buen precio. Contrataría a un agente. Ella no pensaba volver.

Y así fue como María volvió a nacer.

17 de junio de 2015

Masai

León caminando por el Masai Mara


Masai

Recuerdo aquella tarde como si hubiera sido ayer. Caminaba bajo el ardiente Sol de la sabana acompañado por mi guía, yo armado con mi cámara y él con su rifle. Aún sonrío cada vez que pienso en su franca sonrisa y sus respetuosos modales. También me río a carcajadas cada vez que recuerdo la cara que ponía cuando me veía untarme todo tipo de ungüentos para protegerme del Sol. A él no le hacían falta y estoy seguro de que pensaba que yo estaba algo loco por embadurnarme con aquella grasa blanquecina, pero era demasiado educado como para decírmelo. Por aquél entonces yo era un fotógrafo freelance y había viajado a Kenia para capturar imágenes de su fauna y su flora. Ese día en concreto estábamos tras la pista de dos leones hermanos que habíamos divisado a lo lejos en varias ocasiones. Pero claro, yo quería primeros planos.

Estábamos buscando un lugar que ofreciera una buena perspectiva de la zona, para sentarnos a esperar. No nos habíamos alejado demasiado del coche (nunca lo hacíamos) cuando noté que algo iba mal. Como siempre, la principal señal para un europeo de que algo va mal en la sabana africana, era que mi guía estaba inusualmente alerta. Me quedé mirándole, a la espera de instrucciones. Entonces, sus ojos se abrieron y señaló hacia adelante. Era un león, un enorme león macho de imponente melena y poderosa complexión. Era uno de los dos hermanos que estábamos siguiendo.

La criatura estaba a unos trescientos metros de nosotros y se nos quedó mirando fijamente. Mi compañero permaneció absolutamente inmóvil, pero yo no pude evitar el impulso y cogí la cámara para capturar alguna imagen de tan magnífico animal. Al parecer, no le gustó. Tan pronto me moví, la bestia empezó a correr hacia nosotros. Mi guía chistó, disgustado por mi imprudencia, apuntó su rifle y disparó. El arma, que había visto tiempos mejores, se encasquilló. Entonces él me agarró del brazo para obligarme a seguirle y emprendió la carrera hacia el coche. Recuerdo que me gritó algo en su lengua que no entendí. Siempre he pensado que dijo "¡Corre, idiota!", probablemente por la exactitud y adecuación a las circunstancias.

Él me tomó ventaja rápidamente, ya que su forma física era mucho mejor que la mía. Pero, por si mi estupidez y mi lentitud no fueran suficiente motivo para la selección natural, intervino también mi torpeza. Tropecé y me caí al suelo de bruces. Desde mi posición, pude ver como el guía estaba abriendo la puerta del copiloto del coche y accediendo a la guantera. Buscaba la pistola. Entonces me di la vuelta y me incorporé tan rápido como pude. Tenía al león encima. Apenas estaba a cinco o seis latidos de mi y en ese momento mi corazón latía a toda velocidad. Recuerdo que pensé que era mi final. Pero me equivoqué.

Un grito hendió el aire y el león se detuvo en seco. Se giró para ver cómo un hombre prácticamente desnudo y apenas armado con un palo corría hacia él. Era un hombre negro de casi dos metros de altura, vestido con una especie de túnica roja que corría con largas zancadas. Su largo cabello recogido vibraba con cada paso y su vigoroso brazo sostenía en alto una lanza. Pero lo que más me llamó la atención fueron sus ojos, pues tenían una mirada profunda y serena que parecía capaz de ver más allá de lo mundano. A pesar de la distancia, pude ver reflejada en sus ojos la muerte del león. Él también debió verla. Tan pronto divisó al hombre, el león huyó en dirección opuesta, dejándome a mí todavía aterrorizado y también un poco sorprendido de no estar muerto.

Cuando el hombre llegó a mi altura, me sonrió y me miró a los ojos. Aquellos ojos conservaban la dureza con la que habían mirado al león, pero había también en ellos dulzura y curiosidad. Me preguntó algo en su idioma. Yo, un poco aturdido, le dije "Muy bien, gracias". Él no me entendió, pero sonrió de nuevo. Entonces llegó mi guía y se puso a hablar con él, se abrazaron y el extraño siguió su camino. Recuerdo que entonces le pregunté a mi compañero que si los leones temían tanto al ser humano como para huir de él, por qué nos había atacado aquél animal a nosotros. Mi guía me respondió que el león no teme a los hombres, sino a los guerreros. El león teme al Masai.

16 de junio de 2015

El umbral


paloma blanca


El umbral

Veo tu nombre, que yo mismo grabé en la roca en mudo desafío al olvido y, de nuevo, torrentes argénteos surcan mi rostro, mientras un coro de arcángeles impasibles me contempla. Son ajenos de mi dolor, porque tienen ojos y corazón de piedra. Cómo les envidio ahora. Los cielos y la tierra, conmovidos, se hacen eco de mis emociones. Porque nada puede existir en este mundo incapaz de añorarte. La angustia que fluye por mis ojos se funde con la lluvia y mi lastimero lamento se confunde con el aullar del viento. Como las nubes, lentamente voy quedándome vacío, hasta que finalmente me rindo y me fundo con la oscuridad. La blanca dama de la noche se abre entonces camino entre la negrura del cielo e ilumina mi cuerpo mojado y ya dormido.  Solo entonces puedo soñar.

Estoy en un prado verde bajo un Sol radiante, mi cabeza está sobre tu regazo y me sonríes dulcemente mientras acaricias mi pelo. Quiero fundirme en un abrazo contigo, besar tus adictivos labios, llorar de amor y de alivio, reír de felicidad y decirte cuanto te amo. Pero estoy dormido.

Entonces dejas con suavidad mi cabeza sobre la hierba, besas mis rizos y te pones en pie. Atardece y yo me quedo tumbado bajo el dorado manto del Sol, mientras tú tomas la forma de una paloma blanca como el alabastro pulido, el mismo tono de tu hermosa tez. Quiero retenerte, abrazarte tan fuerte que no puedas alejarte de mi lado, gritar de puro dolor, llorar amargamente y decirte cuanto te amo. Pero estoy dormido.

El brillo del astro rey me devuelve al mundo. Han pasado horas, mas en mi sueño apenas ha sido un suspiro; tal es la intensidad con la que vivimos en los dominios de Morfeo. Mi corazón, roto y recompuesto, aun sangra por las rendijas que han quedado entre sus pedazos. Una vez más no he podido evitar que te marcharas, pero al menos he podido estar a tu lado una vez más. Ahora comprendo que ya no nos quedan palabras, no al menos hasta que vaya a tu encuentro. Pero sí sé que puedo sentir tu amor imperecedero a través de la delgada frontera que separa nuestros mundos y, de algún modo, sé que tú también percibes lo que yo siento.

Así, hasta que mis manos se arruguen y mi corazón se detenga, hasta que mi cabello palidezca y mis venas se sequen, hasta entonces acudiré a tu encuentro cada noche. Ya que no puedo hallarte en otro lugar, te buscaré por siempre en mis sueños.

14 de junio de 2015

Monstruos en la noche

cabaña


Monstruos en la noche

Por segunda vez en lo que va de noche, llora. Apoyada en la pala con la que acaba de enterrar a su primogénito, mezcla sus lágrimas salobres con la lluvia que el cielo derrama sobre el bosque. Gime y solloza desconsolada. Y yo no puedo abrazarla, porque estoy muerto.

Llegaron al caer la noche, de algún modo encontraron nuestro rastro y aparecieron en la puerta de nuestra cabaña. Destrozaron la puerta a patadas e irrumpieron en nuestro hogar, armados con escopetas. Yo estaba encadenando a mi dulce esposa en el sótano, mientras nuestro hijo esperaba arriba, jugando frente a la puerta. Oímos claramente el estruendo del tiro.

Cogí un hacha y subí corriendo las escaleras, desesperado por acudir en ayuda de mi hijo. Ya era tarde. Su cuerpecito yacía postrado en un charco de sangre, como si fuera un muñeco roto. Su cara aun conservaba el rictus de sorpresa que lucía cuando lo mataron. Lo mataron. Los hombres me apuntaban con sus armas y me preguntaban, esperando una respuesta. Pero yo no podía entenderles. Solo había lugar en mi mente para lo que habían hecho. Enarbolé el hacha y lance un bramido de furia, mientras cargaba contra ellos. No fue muy inteligente. En apenas dos pasos, me acribillaron. En unos segundos yacía junto a mi hijo. Recuerdo que lo último que hice antes de morir fue coger su mano.

Entonces debería haberme ido de este mundo, pero no pude dejar sola a mi esposa. Ignoré la luz que me mostraba el camino hacia mi última morada, salí de mi cuerpo y bajé al sótano. Allí estaba ella, llorando, aun encadenada a la pared. Los hombres no me veían, pero habían bajado siguiendo mis pasos. Cuando la vieron, estallaron en carcajadas, esfumado el temor de sus rostros. Si pensaron que estaba indefensa, se equivocaron.

Aun sin el influjo de la Luna, cuando Diana vio mi sangre y la de su hijo en los ropajes de aquellos tipos, algo cambió en ella. Lanzó un aullido de pura rabia y todos los músculos de su cuerpo obedecieron a su llamada. Su cuerpo cambió para adoptar la forma de un inmenso lobo blanco, de ojos tan negros como la misma noche. Los hombres intentaron reaccionar. Prepararon sus escopetas, mascullaron maldiciones. Pero ya era tarde.

El lobo arrancó las cadenas con una furia nacida del más profundo dolor. Y las paredes se tiñeron de sangre.

En apenas unos instantes, el silencio regresó a la cabaña. Mi amada, de nuevo con forma de mujer, apenas cubierta por jirones de ropa y totalmente ensangrentada, subió las escaleras. Ya sabía lo que la esperaba. Sacó nuestros cuerpos y cavó sendas tumbas. Cerró nuestros ojos y depositó nuestros miembros con cuidado, como si quisiera que descansásemos cómodos por toda la eternidad. Después cubrió nuestros cuerpos con tierra. Sólo cuando nos dio reposo, se permitió derrumbarse.

Esa fue la última vez que mi esposa caminaría sobre dos piernas por este mundo.

12 de junio de 2015

Un relato de Antonio

Antonio Soler Manzanares, autor de Gehenna y Femínidos



Hola amigos,

Como el viernes pasado, hoy quisiera presentaros el relato de un compañero para amenizaros el día.

Hoy tengo el honor de publicar un texto de mi amigo Antonio Soler Manzanares, autor del ensayo Femínidos. El final de nuestra especie y la novela Gehenna (ambos podéis encontrarlos en Bubok, os dejo los enlaces en comentarios), que ha tenido la deferencia de escribir su relato expresamente para este blog. Muchas gracias, Antonio.

Aquí os dejo el texto. Disfrutadlo :-)


Malditos mosquitos

El sudor pegado al cuerpo, atontado por el sueño, incómodo por la picada de mosquito en el vientre. Le costaba concentrarse en nada; no debió haber abierto la ventana. Intentó abrir los ojos pero no veía ¡Qué calor! El aire era denso. Entonces se dio cuenta ¡Estaba sentado!  No podía pensar con claridad, pero estaba sentado sobre sus piernas cruzadas en... ¡Aquello no era su cama!

Parecía... Palpó con las manos a los lados; era como... como si estuviese dentro de un balón de futbol deshinchado; un balón de su tamaño. Qué tontería. Aquello debía ser parte de un sueño, aunque la picada del vientre sí era real, escocía.

Pese a estar muy aturdido intentó, no sin un gran esfuerzo, ponerse en pie apoyando las manos en esa extraña piel que formaba el no menos extraño balón. Palpó hacia arriba y encontró lo que parecía ser una salida, un estrecho paso, la única abertura que fue capaz de hallar. Al ponerse en pie, tocó algo que estaba apoyado en la abertura, una especie de sable. No conseguía verlo en aquella oscuridad, pero era rígido y punzante en el extremo que alcanzaba a palpar. Además, parecía hueco, como atravesado de punta a punta por un orificio. Extraño sable.

Continuó su camino hacia el exterior. Se sujetó al sable para salir, con gran dificultad, del extraño y elástico cuero que lo aprisionaba. Aturdimiento, sudor, sofoco, escozor, falta de visión, entumecimiento muscular, ... Fue terrible, pero aun así consiguió sacar medio cuerpo de la extraña bolsa y llegar a otro receptáculo, que parecía excavado en la tierra. Para ser un sueño ya duraba demasiado. Por fin consiguió sacar las piernas y sentarse en la parte exterior. Entonces  recorrió la superficie del lugar con la mano, todavía a oscuras pero ya con algo de penumbra que le permitía percibir formas entre sombras. La extraña espada terminaba en un gran balón peludo, con dos más pequeños a los lados, pero aquello... ¡Aquello era orgánico!

Se sobresaltó y retiró la mano de golpe. Pero nada se movió; fuese lo que fuese aquello, estaba muerto. La poca claridad que percibía provenía de detrás de lo que fuese que había tocado. Tenía que atravesar aquello para salir. Lo observó de nuevo. Era enorme, pero definitivamente estaba inerte.

Se armó de valor y palpó de nuevo , no sin asco, con la mano. Recorrió el extraño sable, hasta lo que parecía una cabeza, que acababa en unas... ¡Alas! Alas con grandes venas. Era... era imposible, era cómo... un mosquito, un mosquito del tamaño de un ser humano. La criatura yacía en la boca de la bolsa con el aguijón hacia dentro, cómo si este hubiese sido su último movimiento. Probablemente murió allí mismo. Entonces, él tiró con toda la fuerza que pudo del aguijón hacia dentro, para introducirlo en la cavidad.

Al ponerse en pie, sumó su propia inestabilidad a la del terreno móvil. se dio cuenta de que allí no solo estaba la bolsa de la que acababa de salir, sino que había multitud de bolsas similares pegadas unas a otras. El bajo techo de tierra le obligaba a caminar encorvado, así que esquivó como pudo los diferentes orificios de salida de aquellos extraños balones, apoyando las manos en el techo. Buscó cualquier indicio de luz hasta que, por fin, consiguió encontrar una pequeña apertura que daba a una vía de metro. Solo una marquesina de cristales circulares le separaba de la vía. Metió la cabeza entre las mamparas y después el resto del cuerpo. Pero todavía quedaba un obstáculo entre él y la seguridad de la estación, ya que estaba en la línea 9 del metro y un cristal impedía el acceso de ésta a las vías. Y a la inversa. Frente a él, se hallaban las puertas transparentes que se abrían al llegar el metro para que los pasajeros pudieran entrar. Al otro lado del cristal, un hombre esperaba sentado el próximo tren. Esperaba solo, probablemente debido a lo temprano que era y se sobresaltó al verle salir de la vía. Entonces, desde las vías,  se vio reflejado en el cristal y comprendió el sobresalto del hombre. Parecía un espectro pálido y estaba completamente desnudo.

A pesar del susto, el hombre del andén le ayudó a abrir las puertas y por fin logró salir de la vía. Estaba en la estación de Bon Pastor. Y eso era lo último que recordaba. Desde allí debió emprender camino a casa, porque estaba de nuevo tumbado de lado en su cama. No recordaba cómo había llegado; quizás alguien le abrió la portería y seguramente cogió la llave que tenia escondida en la parte superior del marco de la puerta. Se giró dejó para quedar tumbado boca arriba y se frotó la cara con las manos. Volvería a dormirse. Tal vez fue todo un sueño.

Al despertar medio atontado, lo primero que pensó fue que necesitaba una ducha; le dolía todo el cuerpo y tal vez la ducha sería la solución. Entonces se dio cuenta de que el picotazo en el vientre no formaba parte de un sueño; era muy real. Un fuerte dolor abdominal le hizo llevarse las manos al vientre. Algo se movió dentro. En el espejo, pudo ver como una larva gigante empujaba desde el interior mientras se alimentaba de sus intestinos.

10 de junio de 2015

Amor misterioso

Libros viejo en estantería


Amor misterioso

La mujer acudió ilusionada a la biblioteca, como cada día. Su largo cabello negro surcado por algunas canas y sus ojos verdes, ocultos tras unas gafas con montura de metal, brillaban al cálido Sol de la tarde. Saludó a los habituales con una sonrisa en los labios y acudió presurosa a buscar el libro que había dejado allí la tarde anterior.

Como cada tarde, buscó el marcador que le indicaba dónde se había quedado y, como cada tarde, encontró también una pequeña flor prensada y una nota manuscrita. A pesar de que durante semanas había encontrado halagadoras cartas de amor y flores en el libro que dejaba el día anterior en la estantería, encontrar una nueva ofrenda siempre le aceleraba el corazón y la colmaba de alegría. Leyó la nota con avidez. Dulce, elegante y encantadora, como siempre. Sin embargo, en esta ocasión la nota la instaba a citarse con su admirador secreto en un local cercano esa misma tarde, tras su lectura. Ella releyó la nota con una sonrisa y guardó el papel y la flor en el bolso con gran cuidado. Después, procedió a sumergirse en la novela.

Tras un par de horas, la mujer escribió algo en el punto de lectura, lo colocó en la página dónde se había quedado y se marchó a casa. Más tarde, cuando su admirador, harto de esperar, acudió al libro de nuevo, se encontró con su nota "Lo siento, mis historias favoritas siempre fueron las de misterio".

La puerta a otros mundos

torreón


La puerta a otros mundos

El viejo rey se sabía derrotado. Su enemigo era más joven, más fuerte y más fiero. Pero esa no era razón para rendirse. Se limpió la sangre que manaba de su frente con el dorso del guantelete y se levantó. Su rival no pudo evitar reírse. Se trataba de un adversario imponente, de más de dos metros y enfundado en una armadura de escamas. Era tan feo que al rey no le hubiera extrañado que tuviera sangre de trol.

De repente, el gigante embistió con su gran hacha y el rey a duras penas fue capaz de esquivarle. Cada golpetazo del monstruo iba empapado de un odio venenoso hacia cualquiera nacido en la luz, mas el viejo rey luchaba por su pueblo y eso le infundía una determinación inquebrantable. Pero su edad triplicaba la de su contrincante. Tras un movimiento rápido, las armas chocaron y se inició un forcejeo. En una competición a fuerza bruta no tenía nada que hacer. El rey fue desarmado y su enemigo lanzó un grito, dispuesto a rematar al anciano e iniciar su reinado de terror. Pero desarmado e indefenso no son exactamente lo mismo. El rey...

De repente, algo sacó al niño de su lectura. Su madre le decía que debían irse ya. Eso le disgustó, porque el libro estaba muy interesante, pero ella le dijo que se lo podía llevar a casa. Con una sonrisa, siguió a su madre, pensando que la biblioteca era en realidad una puerta mágica a otro mundos.

9 de junio de 2015

El hombre que vivió mil vidas


hombre sosteniendo bastón

 El hombre que vivió mil vidas

El anciano se aproximó con paso renqueante a la mesa de la biblioteca, apoyándose en su bastón y sosteniendo en su mano izquierda un libro encuadernado en cuero. Se sentó con dificultad y acusó la humedad de la tarde en el dolor de sus rodillas. Tras ponerse cómodo, abrió el libro, que crujió levemente y se detuvo un instante a inhalar el maravilloso aroma que despedían sus páginas. "Lo único mejor que el olor de un libro nuevo es el olor a libro viejo", se dijo. Y la promesa silenciosa de ese aroma fue suficiente para acelerar su corazón.

En las horas siguientes, el anciano sonrió en complicidad con el autor, muerto hacía ya mucho, rió con ganas en algunas escenas e incluso lloró con otras. Lentamente, el dolor de sus rodillas fue pasando a un segundo plano y, a medida que la luz de la tarde iba menguando y el hombre se adentraba cada vez más en el libro, su rostro parecía más joven. Podría decirse que la tenue iluminación desdibujaba sus arrugas, pero lo cierto es que la propia mirada y el gesto del anciano cambió.

Llegada la hora acostumbrada, cerró el libro y volvió a ser el mismo hombre que unas horas antes. Se levantó con dificultad, devolvió el libro en el mostrador con modales exquisitos y salió del lugar. Como cada noche, el anciano no pudo evitar maravillarse de que en ese lugar mágico, pudiera vivirse toda una vida en apenas unas horas.

8 de junio de 2015

El cuerpo




Perro

El cuerpo

Encontraron el cuerpo del vagabundo por la tarde, en un callejón. Había sido apaleado hasta la muerte por un grupo de jóvenes, demasiado borrachos y demasiado afortunados para concebir siquiera lo que era pasar necesidad. Había ocurrido a plena luz del día. Pero lo que realmente afectó a aquellos que contemplaron la escena fue el perro. El pobre animal yacía recostado al lado del que había sido su amo, confundido y asustado. Todo el que miraba a sus ojos podía ver la muda súplica de ayuda para su compañero. Todos apartaban la mirada, algunos con rabia hacia sus jóvenes asesinos, otros con infinita tristeza. Nadie podía hacer nada.

El animal debió haber tratado de defender a su amo, porque también había sido golpeado. El forense que examinó al vagabundo, incapaz de mirar hacia otro lado, lavó y desinfectó las heridas del can. Debería haber llamado a la perrera, pero no lo hizo. Ninguno de los presentes lo hizo. Nadie pudo. Incluso cuando metieron el cuerpo del hombre en una bolsa de plástico y se dispusieron a transportarle, el perro siguió a su lado. Los funcionarios lo permitieron, porque la tristeza en los ojos del animal era tan patente que desarmaba a cualquiera que posara su vista en él.

Así, llevaron a ambos al depósito en una camilla; el vagabundo en una bolsa de plástico y el perro sobre su regazo. Cuando lo dejaron ante la cámara frigorífica de la morgue ya había caído la noche. La burocracia siempre se cobraba su tiempo. El cuerpo pasó varios minutos en la sala vacía, esperando su turno mientras los funcionarios rellenaban papeles. Pero su turno no llegó.


La bolsa empezó a moverse y, haciendo gala de una gran fuerza, el cuerpo sin vida del vagabundo la reventó y consiguió liberarse de ella. El perro empezó a menear la cola excitado y después a lamer la cara del cadáver, cubierta de sangre seca. Sus ojos sin vida se posaron en el animal. A pesar de que lo que quedaba de él estaba prácticamente destrozado, sus movimientos eran rápidos y fluidos. En un solo gesto, posó su mano destrozada sobre el cuello del animal. Entonces empezó a acariciarle.

El hombre había vuelto de entre los muertos para cuidar de aquello que le había sido más querido en vida. Aquel perro era lo único que había amado y su alma jamás hubiera podido descansar sabiéndolo desamparado. El zombi se levantó de la camilla y se dirigió a la puerta, seguido de su fiel compañero. Esa noche ambos cazarían y se alimentarían juntos. Devorarían la carne de aquellos malnacidos que habían pegado a su perro.

5 de junio de 2015

Un relato de Fernando

Fernando Gracia Ortuño, escritor
Hola amigos,


Hoy, en lugar de colgar un relato mío, he preferido daros algo más de variedad colgando el relato de un compañero que ya lleva una buena carrera en esto de las letras. Nuestros estilos son diferentes, pero he pensado que probablemente ello cree un refrescante contraste.


Se trata de Fernando Gracia Ortuño, que ya ha publicado varios libros de relatos (El mote y otros relatos satíricos, El escaqueator y otros relatos y Y digo yo) e incluso se ha atrevido con una novela (Un detective en la cocina).


Sin más, os dejo con su texto, que ha escogido él mismo muy amablemente para su publicación en este blog. Disfrutadlo :-)



El domador


Hay que tener un par de narices para enfrentarse a ellos cada día. Huelen tu miedo, y están esperando la mínima ocasión para abalanzarse sobre ti cuando estás desprevenido. Ni el látigo ni el estoque que llevamos serían suficientes si tuvieran hambre. Me acorralarían y con sus artimañas bien estudiadas acabarían conmigo en pocos segundos. Están acostumbrados, llevan millones de años en la sabana estudiando sus estrategias y poniéndolas en práctica frente a las cebras o los bisontes, que también han aprendido a sortearlos de mil formas diferentes.Pero estos leones son especiales, me conocen, han aprendido a oler mi inseguridad, y si no fuera porque los conozco yo también y los he estudiado a conciencia, ya habrían acabado conmigo. Cuando abren sus fauces y empieza el show parece que saben la expectación que generan frente a su público, que los contempla impresionado y sin aliento, pero sin tener verdadera idea de lo que representa estar aquí dentro encerrado con ellos en una jaula. Yo sí que lo sé. El día que nadie pudo evitar la tragedia, el público vibró de verdad, cuando devoraron a mi sustituto en un periquete. Por lo visto el mozo encargado de darle de comer por la tarde no lo hizo, porque tuvo que irse a un concierto en el Palacio de los Deportes. Yo contemplé las imágenes aterradoras por televisión. No se dejaron ni los huesecillos repelados del pobre domador, y todo frente a millones de personas que se quedaron de pasta de boniato, y, lo que es peor, sin mover un solo dedo por la impresión. Claro, estoy muy indignado porque me hubiera tocado a mí, de no ser porque también fui al concierto esa noche. El lumbreras este del mozo de cuadras no le dio de comer a estos leones, y seguramente cuando se largó estaba pensando en algún ligue, el hijo de su madre. Porque no me puedo creer que uno pueda llegar a ser tan despistado, ¡joder! Yo, la verdad, eh, ya no sé qué pensar…, ni dónde demonios vamos a ir a parar con esta juventud que tenemos hoy en día en este país. ¡Parece mentira que encima que ofreces trabajo en un circo, se toman sus obligaciones tan a la bartola...! ¡Y dejan sin comer al león, joder! ¡Y dejan sin comer al león antes del espectáculo! ¡Para que te vayas con los soldados! ¡Pero, pero, pero…! ¡Pero en qué país vivimos! ¡Que me lo explique algún psicólogo… en qué cabeza cabe…! ¡Pero basta, basta, ya no puedo más, señores de la prensa! Otro día, cuando se me pase el ataque continuaremos hablando…


Fernando Gracia Ortuño

4 de junio de 2015

Por mi hogar



Montañas cubiertas de nieve

Por mi hogar

El grupo de soldados avanzaba por los fríos páramos cubiertos de nieve. Había llegado la primavera, pero la densa capa de blancura que cubría los suelos hacía que se vieran obligados a caminar, guiando a sus monturas desde el suelo. Iban cubiertos por gruesos pelajes y portaban hachas, lanzas y escudos. Eran saqueadores.

El explorador los vio, ya muy cerca de su aldea. No tenía tiempo de llegar corriendo a avisarles. Pensó en los niños y los ancianos, los hombres y las mujeres, todos perecerían si aquellos hombres atacaban por sorpresa. El hombre llevó sus manos ante su boca, formando un cono y gritó con todas sus fuerzas para dar el aviso. Los saqueadores le oyeron, le vieron y él pudo ver en sus ojos la sed de sangre. Corrieron hacia él, blandiendo sus armas enardecidos. Pero él continuó gritando. Continuó gritando hasta que llegaron hasta él y un hacha abrió su garganta y varias lanzas perforaron su pecho y sus flancos.

Mas los valles y la montañas de su hogar no permitieron que su grito muriera con él y levantaron ecos cada vez más vibrantes, que reverberaron en el aire, en la tierra y en los corazones de sus enemigos. Los montes, conmovidos por su sacrificio, lloraron nieve que en desconsolada avalancha corrió presurosa a sepultar al valiente hijo del valle. Y, con él, a todos sus enemigos.